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Frost/Nixon/Howard, la segunda muerte política

01.ago.1968/Hulton Archive/Getty Images
"Yo estaba dirigiendo NBC cuando nos ofrecieron la entrevista. A fin de cuentas, para mí no estaba fuera de lo normal pagar por obtenerla", afirmó Dick Wald. Según el filme, la oferta de NBC fue de 350.000 dólares.

Pablo Calvi
Nueva York, Estados Unidos

El 9 de agosto de 1974, a poco menos de dos años de derrotar por paliza a George McGovern en las elecciones de 1972, un abatido y acorralado Richard Nixon renunciaba a la presidencia de los Estados Unidos. Tras el escándalo de Watergate en el que aparecía vinculado con una serie de escuchas ilícitas en la sede del partido demócrata dentro del famoso complejo de Watergate, Tricky Dick (Dick el tramposo) como se lo conocía en los pasillos de Washington, Nixon decidió dar un paso al costado. Por primera vez en la historia un presidente en ejercicio renunciaba a su cargo en los Estados Unidos.

Las pruebas del ilícito, si bien muchas veces irrefutables, nunca fueron lo suficientemente contundentes como para comprometer a Nixon de un modo directo. Y a poco de su renuncia, una amnistía firmada por Gerald Ford, su sucesor, terminó por eximirlo de rendir cuentas ante un tribunal.

"La sensación era de que el sistema había fallado", recuerda Dick Wald entonces director de NBC News, conocido como el "zar de la ética televisiva". Por un lado, no había modo de que Nixon diese las explicaciones que debía dar en un ambiente calmo y sin manifestaciones, revive Wald quien hoy se desempeña como profesor de televisión en la universidad de Columbia. "Pero Ford terminó por impedir hasta la mínima posibilidad de que aquello ocurriese y la televisión no iba a ser un sustituto de un tribunal de la justicia".

Claro que no todos opinaban como Wald. En 1977, tras pagar más de medio millón de dólares para entrevistar a Nixon frente a las cámaras y sin interesados en comprar su producto, David Frost, un conductor de TV británico se decidió a comprar su propio espacio en TV para darle aire a uno de los proyectos televisivos más ambiciosos de la historia: darle a Nixon el juicio que mereció, esta vez ante los ojos de cientos de millones de estadounidenses.

La experiencia, revivida por el aclamado director Ron Howard en la flamante Frost/Nixon, que acaba de estrenarse en cines en New York, ya genera controversia no sólo entre políticos sino además entre los estudiosos de los medios. Una de las voces más autorizadas en el tema es la de David Greenberg, profesor de historia de los medios en Rutgers University y autor del multipremiado libro Nixon's Shadow (La sombra de Nixon) en el que detalla los numerosos intentos del ex presidente por volver al ruedo político tras su renuncia así como su anticipado retiro en California.

"Creo que Frost, (James) Reston y los demás periodistas que tuvieron un rol en las entrevistas están exagerando la importancia que han tenido en esta historia", dice Greenberg. "No creo que las entrevistas hayan sido el juicio que Nixon nunca tuvo, y creo que sería incorrecto asumir que lograron obtener una disculpa suya. Algunos historiadores incluso cuestionan la idea de que Reston haya recabado más información de la que existía en la corte al momento de las entrevistas y que de hecho haya sentenciado de muerte política a un Nixon que todavía buscaba volver".

El filme, sin embargo, propone otra versión del asunto. Con el brillante Frank Langella como Richard Nixon, un impecable Michael Sheen como David Frost y el versátil Sam Rockwell como el comprometido periodista de investigación James Reston, la cinta basada sobre todo en la obra de teatro de Peter Morgan, toma partido por el equipo de periodistas. Y de varias maneras sugiere que la telegenia y la visión empresarial de Frost, sumadas a la integridad periodística de Reston firmaron la sentencia final en la agonizante carrera política del ex presidente.

La integridad periodística, uno de los temas centrales en el filme, se hace visible a la hora de definir si es ético o no pagar y cuánto pagar por una entrevista.

"En aquel momento yo estaba dirigiendo NBC cuando nos ofrecieron la entrevista", recuerda Wald. "A fin de cuentas, para mí no estaba fuera de lo normal pagar por obtenerla", asegura el ex ejecutivo. Según el filme, la oferta de NBC llegó hasta los 350 mil dólares. "Muchos habían pagado por la edición de memorias, como la de Ulises S. Grant, por ejemplo. Y para la televisión, una entrevista de estas características era equivalente a lo que habría sido una memoria literaria". Sin embargo, para Wald, el problema habría sido diferente con Nixon. "Porque sin importar cómo fuera la entrevista, siempre habríamos dado la sensación de que estábamos juzgando a nuestro entrevistado y eso está fuera de las funciones del periodista", justifica Wald.

En la guerra de ofertas, la de Frost terminó siendo la más elevada. Y Nixon se comprometió mediante abogados a cuatro encuentros de algo más de dos horas, en los que se tratarían diferentes temas de su presidencia, para llegar al ríspido Watergate.

Es durante un recordado pasaje de la entrevista en el que Frost, por primera vez dominando al escurridizo Nixon, le pregunta al ex presidente: "¿Entonces para usted, el presidente puede cometer actos ilegales?". Y un ya visiblemente irritado Nixon responde casi sin control que "si el acto ilegal lo realiza el presidente, quiere decir entonces que no es ilegal".

"Creo que la importancia de estas entrevistas fue que marcaron el final de varios intentos de Nixon por volver al poder", propone Greenberg. "Creo que las entrevistas ilustran bien esa relación particular que Nixon tenía, además, con la televisión y que lo llevaron de momentos de gloria a otros de absoluto fracaso. Creo, además, que la naturaleza más baja y humana de Nixon se vio claramente gracias a Frost y aunque sea solamente por este motivo, Frost tiene el crédito que merece".

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