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Realismo de Onetti tiene atmósfera de sueño

Getty Images
Dorothea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, quién murió en 1994.

Vinicius Jatobá
Río de Janeiro, Brasil

El uruguayo Juan Carlos Onetti es un autor de difícil localización - a pesar de ser un escritor de evidentes preocupaciones sociales, su realismo tiene soluciones tan singulares que solamente Onetti escribe como Onetti en el panorama latinoamericano. Él vivió en un país límite, que casi no existe; y su obra tiene la solidez de la prosa social, y, al mismo tiempo, un pie en cierta atmósfera de sueño, acercándose a lo fantástico.

Sus cuentos y novelas de la saga de Santa María son la radiografía de la esperanza y del delirio, son escenificaciones del deseo. Es Baldi caminando a través de sus posibles otros en una tarde cualquier, es una mujer pagándole a un grupo de actores para que escenifiquen en carne y hueso un sueño suyo recurrente, es el narrador sin nombre de Los Adioses ocupando su aburrimiento con historias sobre un forastero, es Brausen, personaje de La vida breve, fundando una ciudad imaginaria para escapar de los dolores del amor, es el joven Malabia sumergido en los relatos que fotografías le sugieren, componiendo y descomponiendo el rostro de la única mujer que amó, y sufriendo con todas sus posibles vidas y destinos.

En Onetti, el paso no dado, el gesto no visto, la cicatriz inexistente - los personajes también marcados por lo que podrían haber sido y, muchas veces, viviendo en la sombra de esos deseos no realizados (o, incluso, realizables).

En la galería de personajes de Onetti es Larsen, el forastero, el criminal, el marginal, que escenificará dos veces, en dos novelas centrales en la obra de Onetti, el protagonismo de ese soñador ante el peso del mundo. Sus sueños, sin embargo, son pérfidos: el prostíbulo perfecto, con las mujeres adecuadas - en Juntacadáveres aparece Larsen luchando por una existencia en la ciudad que luego lo expulsará, aceptado por sus autoridades en un primer momento y, después, desmantelado por una campaña hipócrita y cínica; o, después, el "golpe" perfecto, el camino más rápido hacia la respetabilidad - en El Astillero, el intento de casarse con la única heredera de un emprendimiento comercial, la sucesión rápida de una gerencia ocupada por un viejo demasiado cansado para seguir adelante.

Juntacadáveres es un romance en el que, a partir de Larsen, toda una ciudad sueña y se llena de sentido: los hombres con sus fantasías eróticas, algunos enfrentando amores del pasado; las mujeres agarrándose con más fervor a los delirios religiosos; los políticos, los militares, los periodistas, todos reinventándose en un conflicto cínico entre la moralidad y el movedizo suelo que mantiene el deseo.

El contenido de El Astillero es distinto: el mismo Larsen que regresa a Santa María, cinco años después de haber sido expulsado, pero ahora solo, y toda la novela es la narrativa de una lucha por la reintegración de ese hombre ante las miradas de la sociedad que lo marginalizó, que lo echó. Su plan de matrimonio, su plan de existencia aceptable, de trabajo honesto, de amor sincero - la escenificación que conmueve de un autoengaño. Larsen intentando ocupar los años que le restan con un sentido, con la consciencia de que tal vez sea demasiado tarde. La administración del astillero es un cargo respetable, pero él la tiene en una economía arruinada; el amor es escenificado por la mujer perfecta, incluso virgen, pero cuyo estado mental la deja inestable y distante; y la mirada de la ciudad le parece receptiva a sus primeros nuevos pasos, para luego revelarse demasiado adicta para verlo de otro modo.

Pero Larsen está demasiado cansado para resistir o reiniciar por otro camino -su cinismo está gastado, su fuerza de voluntad arrasada-, y le resta solamente volver al viejo hábito de mentir para sí mismo: comparte el sueño del viejo Petrus, cree en la victoria ante un fracaso demasiado evidente para evitarlo. Lo que el lector acompaña es la frustrada lucha de la esperanza de Larsen contra el ritmo ciego de la fatalidad. Una vez más Larsen está en el medio de una red de mujeres; sin embargo, carece del control que, como proxeneta, tenía en la novela anterior: Angélica Inés, la mujer que Larsen desea como su posible mujer, es loca; la mujer de Gálvez, inaccesible; y Josefina es una mujer que solamente le trae recuerdos de un Larsen que desea abandonar, una máscara que no le sirve más.

Lo que resta es el camino de la autodestrucción: si realmente es fatal su destino miserable, que no sea determinado por la sociedad que lo expulsó y sí por los términos que eligió para esa ruina. La fuerza de El Astillero nace de la conciencia de que Larsen en ningún momento se engaña, a pesar de lo que dice en charlas o en las actitudes que toma, y que tiene plena noción de que el camino que sigue será una vez más su ruina, tal vez, incluso, la definitiva. Sin embargo, asimismo, y a pesar de todas las evidencias, de toda su experiencia, Larsen resiste, Larsen lucha, Larsen miente para sí mismo, hasta que, como el narrador lo describe, el lector lo vea "respirar a través de sus lágrimas" solo en la inmensidad herrumbrada del astillero espectral.

Habla con Vinicius Jatobá: vinicius_jatoba@terra.com.br

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