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EFE
Al parecer, con su gira por siete países sudamericanos, el presidente colombiano Álvaro Uribe consiguió conjurar algunos de los riesgos de su negativa a explicarle a UNASUR los términos del acuerdo con EEUU.
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Hugo Muleiro
Buenos Aires, Argentina
Los presidentes que están intentando dar fuerza y presencia a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) deliberarán desde hoy lunes en el centro histórico de Quito, en el Convento de San Agustín, donde hace 200 años se firmó la primera acta de la independencia de Ecuador, y ciertamente que necesitarán de la ayuda divina o de un milagro para ponerse de acuerdo sobre el tema que más conmociona a la región en estos días, el de la presencia militar estadounidense en Colombia.
Alvaro Uribe no estará en las deliberaciones y quizá ni siquiera lo necesite. Es cierto que no puede presentarse con su sonrisa en la capital de un país cuyo gobierno rompió relaciones con el suyo por el ataque militar del primero de marzo de 2008 y cuyo presidente, Rafael Correa, quien será la figura estelar de la jornada, agotó prácticamente los adjetivos para condenarlo.
Pero también es cierto que Uribe ya hizo su trabajo. Como el león político de inigualable fiereza que es, el presidente colombiano realizó una gira por siete países de Suramérica cuyo resultado bien visible, y probablemente buscado, es que hayan quedado expuestas las distancias políticas que hay entre los mandatarios que estarán en Quito sobre qué es lo que hay que hacer ante el acuerdo militar anunciado entre Bogotá y Washington.
Y si un grupo de naciones que dicen querer integrarse y compartir destino no pueden ponerse de acuerdo sobre algo crucial como lo es una presencia militar extraregional y, para más, de la única gran superpotencia mundial, lo menos que puede decirse es que el proyecto que el nombre del foro proclama, "unión de naciones", está cuanto menos en veremos.
Es que los presidentes no lograron siquiera acuerdo para que deliberara en Quito el Consejo Suramericano de Defensa, un apéndice de la Unasur que Brasil propuso conformar justamente después de la crisis regional causada por el bombardeo colombiano al campamento de las FARC en territorio de Ecuador.
Debate inevitable
Por supuesto el tema será discutido, pero es improbable que un acuerdo significativo pueda plasmarse en un par de párrafos de la declaración final, salvo generalidades como las conocidas exhortaciones al diálogo, la paz y la concordia.
Es que con su viaje sólo en apariencia silencioso, Uribe consiguió objetivos múltiples, algunos hasta aparentemente contradictorios entre sí, pero todos buenos para su cosecha. Al anunciar una gira "muda", poco antes de partir de Bogotá, forzó a cada uno de los interlocutores a no cometer la gran descortesía política y diplomática de hablar en público de un tema, el de la presencia militar estadounidense en siete bases de su país, en el que la mayoría de sus colegas son críticos o tienen, cuanto menos, reservas.
Entonces, únicamente quedaron hablando a viva voz sus adversarios de siempre, Rafael Correa, Hugo Chávez y Evo Morales, el "eje del mal" suramericano. Otros dos mandatarios que Uribe sabe rotundamente contrarios al acuerdo militar no pudieron o no quisieron salir de la encerrona y se expresaron, eso sí con intensidad, a través de ministros y hasta por voceros que no dieron su nombre.
La presidenta argentina, Cristina Fernández, es defensora ferviente de la solución pacífica del conflicto armado interno colombiano. Que en los días de su asunción, en diciembre de 2007, en presencia de Uribe en Buenos Aires, haya abogado intensamente por el intercambio humanitario -entre rehenes en poder de las FARC por guerrilleros prisioneros- es algo que el presidente colombiano difícilmente sea capaz de olvidar. Ahora Fernández hizo decir a unos portavoces anónimos que le expresó a Uribe que la presencia militar estadounidense potencia el conflicto y amenaza extenderlo.
Lula: que sí, que no
Una semana antes de la gira de Uribe, el presidente brasileño Luiz Lula da Silva expresó su desacuerdo, aunque bajo la salvedad "políticamente correcta" de que no es su propósito inmiscuirse en decisiones soberanas de Colombia, pero de inmediato remató que el tema quedaba casi por decantación natural en manos de la Unasur, el ámbito apropiado -dijo- para discutirlo a fondo, en Quito.
Una semana después, tras recibirlo a Uribe, el discurso fue corregido significativamente: Lula hizo decir a sus voceros que él no llega a la capital ecuatoriana con el propósito de proponer un pronunciamiento, y que se limita a aceptar que allí se registre una discusión "amplia". La distancia visible que hay entre el primer anuncio y el segundo deja un espacio gigante para especulaciones, y la primera de ellas, y más inquietante, es cuánto de lo dicho por Uribe a su colega brasileño es determinante de este cambio.
En el día de la partida de Bogotá, jefes militares colombianos dijeron que Uribe viajaba a explicar a sus colegas la postura sobre los acuerdos con Estados Unidos y las tan meneadas y mencionadas "evidencias" de las supuestas vinculaciones de Correa y Chávez con las FARC. Pero lo sucedido con Lula llevó a algunos memoriosos a recorrer parte de la historia del Partido de los Trabajadores de Brasil, y a plantearse la posibilidad de que Uribe pudo haber mencionado unas referencias inquietantes para el oficialismo brasileño. Es que recordaron que, no muchos años atrás, aunque eso sí antes de que Lula accediera al cargo, uno de los caminos eficaces para llegar cara a cara a las FARC, por caso para un reportaje periodístico, lo constituía un sector de dirigentes del Partido de los Trabajadores, fundado por el hoy presidente.
Con todo, a través del canciller Celso Amorim, del diputado del PT José Genoino, de voceros y asesores, el gobierno brasileño puso un sinfín de reparos al acuerdo militar que Uribe intenta defender, y por último el presidente Lula hizo trascender a través de portavoces que quiere de su colega colombiano "algún tipo de garantía formal, de garantía jurídica", sobre que los militares estadounidenses, su presencia y sus operaciones en Colombia, se limitarán estrictamente al territorio de ese país.
Y no se trata de mero internacionalismo, sino de la realidad concreta de la muy extensa frontera común y de la Amazonia con su riqueza por ahora infinita.
Aquellas primeras palabras de Lula, aquel juego de "no inmiscuirse" en Colombia y a la vez pronunciarse contra la presencia militar de Estados Unidos, fue acompañado claramente en Brasilia por la presidenta chilena, Michelle Bachelet. Caso por demás curioso el del gobierno chileno. Una semana después pareció haber olvidado por completo palabras de su presidenta y, por boca del canciller Mariano Fernández, redujo toda la cuestión a un mero asunto interno colombiano. Música para los oidos de Uribe a su paso por Santiago, por más que la doctrina defendida, si bien se mira, contradice a la de Bogotá, que reclama participación y acción internacional contra las FARC, incluso en el campo específico militar y en especial a los países fronterizos. Mucho más contradice esta postura de la "no injerencia" el soporte argumental enarbolado por Colombia para el ataque del primero de marzo: al objetivo sagrado y primerísimo de la seguridad quedan supeditados otros principios, como el de la soberanía territorial y la inviolabilidad de las fronteras.
Por encima del desarreglo conceptual, Chile renovó favores a Uribe cuando el presidente ya descansaba de regreso en Bogotá: el ministro del Interior, Edmundo Pérez, habló de la "posibilidad" de que mapuches chilenos hayan recibido entrenamiento de las FARC y, aunque luego enmendó parcialmente diciendo que no hay constancias al respecto, fue suficiente para recordar que el gobierno de Santiago aplica una ley "antiterrorista" a los indígenas cuando atraviesan los límites de sus comunidades para plantear sus reivindicaciones mediante manifestaciones.
La acción está asegurada
La Unasur avanzará, eso sí, en la coordinación de políticas para enfrentar la gripe A, y conformará probablemente otro Consejo, este para una acción conjunta contra el narcotráfico, pero esto claro sin perspectivas de entrar mucho al detalle, porque otra vez la cuestión de las fronteras, el alcance de las acciones militares y la participación o no de Estados Unidos volverán a trabar cualquier perspectiva de avance.
En fin, acción no faltará en Quito, primero porque sea en el ámbito de Unasur o en su discurso de asunción del segundo mandato, o en ambas oportunidades, Correa fijará claramente su posición. Sin perspectivas ya de que alcanzar una normalización de relaciones durante la gestión de Uribe, Correa está mirando a una posibilidad que, parece, le produce escalofríos. Se lo dijo al diario El Tiempo: Si el ex ministro de Defensa colombiano Juan Manuel Santos alcanza la presidencia en las elecciones de 2010, la región quedará a las puertas de inestabilidad mucho mayor, salvo que corrija -justamente- su teoría de "guerra preventiva" allí donde en aras de la "seguridad" la considere necesaria, y además se olvide de una amenaza apenas disimulada: "cazar" a miembros de las FARC en cualquier lugar que se encuentren.
Luego porque Evo Morales anunció que irá a la capital ecuatoriana a proponer una declaración de rechazo a toda base militar extranjera en Suramérica. Y después porque participará Chávez y, como dijo cierta vez Marco Aurelio García, asesor de Lula en temas internacionales, "no es una persona de quien podamos decir que nos quedamos sin saber lo que piensa".
La Unasur debe adoptar sus decisiones por consenso, un objetivo inalcanzable salvo que, con un golpe de escena, Lula use todo el peso que tiene Brasil para inclinar la balanza.
Y la frutilla del postre puede estar dada en que se confirme el propósito, brasileño precisamente, de expresar en Quito el deseo de que durante la presidencia temporal de Unasur que desempeñará Ecuador se supere el bloqueo que detiene la designación del secretario general del foro, cargo para el que -trascendió en el Planalto día atrás- Lula apoya al ex presidente argentino Néstor Kirchner, rechazado de plano por Uruguay y, más silenciosamente, por Colombia.
Terra Magazine
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