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El dilema: ciudadanos o vasallos

Getty Images
"Lo que hoy se llama el estado de opinión es esa dócil masa, que han convertido en blanda y maleable las manos de comunicadores, relacionistas, publicistas, creadores de imagen, periodistas y promotores de eventos al servicio del poder".

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

Para los ciudadanos de París en 1789 no había discusión posible: ellos eran ciudadanos; habían dejado atrás la condición de vasallos desde el momento en que los asuntos de la ciudad eran sus asuntos porque al hablar sobre ellos serían escuchados.

Para los colombianos en este 2009 no es claro quiénes son ciudadanos y quiénes son vasallos. Antes se podía pensar que la gran diferencia la hacía el ejercicio del derecho a votar y en teoría esa fue la marca distintiva del ciudadano en una democracia. Hoy ese distintivo está bajo toda clase de sospechas. De hecho el voto es -para gran parte de la población- el resultado de una transacción, o un mecanismo de defensa frente a amenazas o peligros inminentes; todo, menos un ejercicio de la libertad. En esas condiciones el voto no pone diferencia entre el ciudadano y el súbdito.

Queda sin embargo el uso de la opinión libre que marca esa crucial diferencia.

La opinión, es la expresión del dinamismo de la inteligencia porque es un estado intermedio entre la certeza y la duda. Es parte del proceso que sigue el entendimiento, activo en su recorrido desde la duda hasta la certeza, o en su tarea de depurar certezas a través de la duda. En cualquiera de esas dos operaciones, la opinión es una etapa intermedia. Sin ella la democracia no sería posible porque, o el pensamiento se estancaría en el cenagal de los dogmas, o se quedaría a la deriva dentro de la cambiante inestabilidad de la duda aceptada como posibilidad única. Desde los comienzos, la plaza pública donde se daban los encuentros y los diálogos, generó el fenómeno de la opinión pública. Lo mismo sucedió en los salones, en los jardines, en los cafés y sigue ocurriendo en los periódicos, esos lugares en donde ha sido posible expresar esa semi-ignorancia que es la opinión, en plan de convertirla en certeza. La diferencia fundamental entre el ciudadano y el súbdito es que este no tiene ni semi ignorancia, ni ignorancia, ni certezas, solo tiene sometimiento. El ciudadano no es un sometido, adhiere libremente después del proceso semi ignorancia, ignorancia, certeza, o adhesión voluntaria a unas leyes que sabe resultado de su deliberación. Así el ciudadano que opina es co-dominante. Sin esa deliberación no podría haber democracia.

Pero a este test le está pasando lo mismo que al voto: a fuerza de falsificaciones, la opinión está perdiendo su calidad de acción libre e inteligente; las condiciones que la convertían en signo distintivo de la democracia.

Es cierto, la tecnología de las comunicaciones ha multiplicado los espacios para opinar, pero junto con las tecnologías han aparecido los hilos de la manipulación hasta hacer de la opinión algo tan falso como el voto comprado, impuesto o inconsciente.

Ese ejercicio de la inteligencia que busca la verdad, no encaja en el carnaval de las encuestas, ni en el relato sin fin, monótono y repetido de los noticieros, ni en el unanimismo de los sometidos, o de los incapaces de intentar nuevas miradas o exploraciones distintas de los hechos.

Lo que hoy se llama el estado de opinión es esa dócil masa, que han convertido en blanda y maleable las manos de comunicadores, relacionistas, publicistas, creadores de imagen, periodistas y promotores de eventos al servicio del poder.

Hoy no se puede esperar un pensamiento crítico, o una búsqueda obstinada e inteligente de la verdad de los hechos, en los consejos comunitarios del presidente Uribe, o en los Aló presidente de Chávez, o en las alocuciones de Correa, con públicos condicionados por el interés, o el fanatismo, o la disciplina de partido.

Corrompido el voto por el clientelismo, falseada la opinión por la manipulación de los políticos, o por los medios de comunicación, las mayorías que aparecen en las encuestas y en las recolecciones de firmas, llegan a ser el poder.

Crean la ilusión de una democracia directa que hace prescindibles las instituciones- la justicia, el congreso, los partidos, los mismos medios de comunicación que aparecen supérfluos ante el hecho del contacto directo del gobernante con el pueblo. Esas mayorías hicieron posibles la dictadura nazi, el poder de Stalin, las masivas movilizaciones de Mao, el poder de Fujimori, o los regímenes de Chavez o de Uribe. Todos ellos apoyados por la masa, cada uno convencido de ser el intérprete de la voz del pueblo.

Eso ha llegado a ser el estado de opinión, que no es opinión, pero sí una seria amenaza para los estados y la democracia.

Jrestrep1@gmail.com

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